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El mundo exterior ya habría dejado de existir cuando hubiese alcanzado cierta profundidad, desde la que también el «yo» debía darle la impresión de ser un espejismo olvidado, y la conciencia un sueño incoherente y vago, los sentimientos, las emociones y las pulsiones, unas convulsiones imperceptibles y sin motivo, para no hablar de los instintos, semejantes a los deslizamientos de terreno provocados siempre por las mismas causas, allá en la altura remota, cerca de la superficie

Fragmento de El hombre (no cultural) de Juan José Saer

CASA DE PIEDRA | ARGENTINA